Sin saber por qué, le di un puñetazo. Me salió así, sin pensar en las consecuencias.
Me había cortado el pelo como siempre, como mandaba mi padre, casi al cero, como un militar americano de once años.
No soportaba las continúas burlas de mis compañeros de colegio que se reían de mi. Y era costumbre que a los que se cortaban el pelo les daban una colleja mientras se gritaba: «el que se pela, se estrena»; el resto reía burlonamente y señalaban.
Había transcurrido las clases sin incidentes y bajé la guardia. Cuando sonó la sirena y me disponía a salir sentí una mano golpeando mi nuca. Sin saber por qué, le di un puñetazo, ella me miró asombrada y eché a correr.

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